Cada individuo es temporalmente el custodio de una parte de la "materia de la vida"; desde un punto de vista evolutivo, puede decirse que ha sido traído a la existencia principalmente para transmitir esta sagrada herencia a la siguiente generación. Desde el punto de vista de la Naturaleza, es de poca utilidad en el mundo, su existencia apenas se justifica, a menos que cumpla fielmente con este encargo, transmitiendo al futuro la "Lámpara de la Vida" cuyo fuego ha sido creado para custodiar durante un breve tiempo.
La inmortalidad, podemos señalar de paso, no es, por tanto, una mera esperanza para el progenitor: es una realidad posible. La muerte de la inmensa aglomeración de células corporales altamente especializadas carece de mayor importancia, si el plasma germinal, con su capacidad de reproducir no solo dichas células corporales, sino los rasgos mentales —de hecho, podemos decir en cierto sentido que el alma misma— que las habitaban, ha sido transmitido.
El individuo continúa viviendo, en su descendencia, tal como el pasado vive en él. Para el eugenista, la vida eterna es algo más que una figura retórica o un concepto teológico; es una realidad tan cierta como el latido del corazón, el crecimiento de los músculos o la actividad de la mente.
Esta doctrina de la continuidad del plasma germinal arroja una nueva luz sobre la naturaleza de las relaciones humanas. Es evidente que el hijo que se parece a su padre no puede llamarse con precisión "de tal palo, tal astilla". Más bien, ambos son astillas del mismo malo; y aparte de provocar la fusión de dos estirpes distintas de plasma germinal, el padre y la madre no son más responsables de dotar al hijo de sus caracteres, salvo en la elección de la pareja, de lo que el hijo es responsable de "imprimir su sello" en sus padres. Desde otro punto de vista, se ha dicho que al padre y al hijo se les debería considerar como medios hermanos de dos madres diferentes, siendo cada