y blancas era la Santísima Madre María en persona. Cuando pensamos en ambas viviendo de igual manera en la mente humana, no hay diferencia entre María en el lago y el tejón en los páramos.
¿No habríamos de creer en aquello que vive dentro de nosotros del mismo modo en que nuestros antepasados creían que el tejón hechizaba a los hombres?
¿Y no habríamos de vivir tal como nos lo exige aquello en lo que creemos?
He aquí la razón por la cual no debemos despreciar al tejón.