pañuelo. Por supuesto, esto por sí solo no era ningún descubrimiento. Pero en el mismo instante comprendió que las manos le temblaban espantosamente. Y advirtió que, debido probablemente a su empeño por reprimir la agitación de sus emociones, sus manos, al temblar, aferraban el pañuelo sobre las rodillas con tanta fuerza que poco faltaba para que lo desgarraran en dos. Por último, percibió que el borde bordado del arrugado pañuelo de seda se movía entre sus delicados dedos como si lo agitara una brisa ligera. La dama sonreía con el rostro, es cierto, pero lo cierto era que había estado llorando con todo el cuerpo desde el principio.
Cuando el profesor hubo recogido el abanico y levantado el rostro, había en él una expresión que no había estado antes. Era una expresión muy complicada, como si un sentimiento de reverencia por haber visto lo que no debía haber visto y cierta satisfacción surgida de la conciencia de ese sentimiento se hubieran visto exagerados por un mayor o menor dramatismo.