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nydus/Short FictionPublic
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I. La expedición a Chōshū

Además, en los botes abundaban los piojos. Y no eran la clase sencilla de piojos que se esconden en las costuras de las prendas.

Infestaban las velas. Infestaban los mástiles. Infestaban las áncoras.

Para exagerar un poco, era difícil saber si los botes eran para los hombres o para los piojos.

Por supuesto, en semejante plaga, decenas de estos parásitos bullían sobre sus ropas. Y cada vez que rozaban siquiera la piel de un hombre, se regocijaban al instante y arremetían hasta hacerlo hormiguear.

De haber habido tan solo unos cinco o diez bichos, de algún modo u otro se habrían podido mantener bajo control, pero dado que, como ya se ha dicho, eran tantos que parecían una rociada de sésamo blanco, no había esperanza posible de deshacerse de ellos.

Por eso, tanto en el grupo de Tsukuda como en el de Yamagishi, los cuerpos de todos los samuráis en los botes se hincharon de picaduras rojas por todas partes, en el pecho y el abdomen y en todos lados, exactamente como si tuvieran sarampión.

Pero por imposible que fuera dominar a los piojos, era aún más imposible dejarlos seguir en paz. De modo que la gente de los botes empleaba su tiempo libre en la caza. Todos ellos, desde los principales sirvientes hasta los porteadores de sandalias, se desnudaban y deambulaban, cada uno con una taza de té, recogiendo los omnipresentes piojos y echándolos dentro. Si uno imaginara a unos treinta samuráis, cada uno vestido apenas con un taparrabos, con su taza de té en la mano, buscando con todas sus fuerzas aquí y allá bajo el cordaje y debajo del ancla en cada bote de Kompira con las velas iluminadas por el sol de invierno del mar Interior,

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