tormento, adoptando siempre una actitud de serenidad y ataviado con aquella corbata morada y su bombín, seguía traduciendo con firmeza, más valiente que Don Quijote. Pero aun así, ¿no había a veces en sus ojos aquel brillo doloroso que imploraba la simpatía de los estudiantes a los que enseñaba —no, la simpatía de todo el mundo al que se enfrentaba?
Pensando tales pensamientos por un momento y conmovido hasta el punto de no saber si reír o llorar, enterré la cara en el cuello de mi abrigo y salí a toda prisa del café.
Y aún el maestro Mōri, aprovechando la ausencia de clientes, alzaba su voz chillona y seguía enseñando inglés a los camareros entusiastas bajo las luces eléctricas frías y demasiado brillantes.
“Como es una palabra que sustituye a un nombre, se llama pronombre. ¿No es así? Un pronombre. Lo ves, ¿verdad?”.