Pues este profesor, que era tan maestro en la pronunciación, al llegar el momento de traducir, conocía tan pocas palabras japonesas que apenas parecía japonés. O tal vez ocurría que, incluso si las conocía, no era capaz de encontrarlas en el acto. Por ejemplo, para traducir una sola línea, dijo: «Así que al final Robinson Crusoe decidió conservarlo. En cuanto a por qué decidió conservarlo, era uno de esos animales extraños —los hay a montones en el zoológico—, ¿cómo se llaman? Eh... son listos haciendo trucos, todos sabéis a qué me refiero, ¿verdad? Ya sabéis, tienen la cara roja... ¿Qué? ¿Monos? Sí, sí, era uno de esos monos. Decidió quedarse con uno de esos monos».
Por supuesto, puesto que tenía tantos problemas con la palabra «mono», cuando se enfrentaba a cualquier término un poco difícil, era incapaz de dar con una traducción adecuada hasta que lo rodeaba muchas veces. Además, en tales momentos se ponía sumamente nervioso y, llevándose la mano a la garganta con tanta frecuencia que parecía que fuera a arrancarse la corbata morada, levantaba su rostro angustiado y nos miraba con ojos aterrorizados. Y luego, apretándose la cabeza calva con ambas manos, apoyaba la cara en el pupitre y se detenía avergonzado. En esos momentos, su cuerpo, de por sí pequeño, se encogía con timidez exactamente igual que un globo de goma desinflado, y hasta sus piernas, que colgaban de la silla, parecían flotar suspendidas en el espacio. Y de nuevo, a nosotros los estudiantes aquello nos hacía gracia y nos reíamos entre dientes. Luego, mientras repetía su traducción dos o tres veces, las voces risueñas se volvían poco a poco audaces y, al fin, incluso desde la primera fila, brotaban abiertamente. En cuanto a cuánto hirió esta risa nuestra al buen Mōri Sensei, lo cierto es que en los últimos años hasta yo mismo he