Así respondió cortésmente este estudiante ataviado con un hakama de tela de Kokura.
De ahí que el profesor no tuviera ninguna opinión propia en absoluto sobre las diversas reglas de puesta en escena sobre las que Strindberg comentaba con agudeza.
Tan solo era capaz de interesarse en ello en la medida en que le recordaba ciertas cosas que había visto en los teatros occidentales mientras estudiaba en el extranjero.
Había, por decirlo así, poca diferencia entre él y un profesor de inglés de escuela secundaria que lee los dramas de Bernard Shaw para buscar modismos.
Pero el interés es interés de cualquier modo.
El farol de Gifu, aún apagado, pendía del techo de la galería. Y el profesor Hasegawa estaba sentado en la mecedora leyendo la Dramaturgia de Strindberg.
Si escribo solo esto, creo que el lector puede imaginar fácilmente lo larga que era aquella tarde de principios de verano. Pero con esto no pretendo insinuar en absoluto que el profesor estuviera abrumado por el hastío. Si alguien intentara interpretarlo así, estaría buscando a propósito una interpretación cínica y perversa.
En realidad se vio obligado a suspender, en plena lectura, incluso a Strindberg. Pues la criada interrumpió de repente su inocente entretenimiento para anunciarle una visita. Por largo que fuera el día, parecía