—Ah, aun yo que no tengo hijos puedo comprender su dolor a la perfección —dijo el profesor en voz baja y llena de sentimiento, echando la cabeza un poco hacia atrás como si algo lo deslumbrara.
“Gracias. Pero, digamos lo que digamos, ya no hay nada que hacer, así que—”
La dama inclinó la cabeza un ápice. Una brillante sonrisa radiaba de su rostro despejado como antes.
Dos horas más tarde. El profesor se había bañado, había terminado su cena, comido unas cerezas de postre y se había acomodado plácidamente en el sillón de mimbre de la veranda.
El crepúsculo de la larga tarde de verano se demoraba y, en la gran galería, con los ventanales de vidrio abiertos de par en par, aún no había indicios de que cayera la oscuridad.
El profesor, con la pierna izquierda cruzada sobre la derecha y la cabeza apoyada en el respaldo de la silla, contemplaba los flecos del farol de Gifu en la penumbra.
Aunque tenía en la mano el mismo libro de Strindberg, parecía no haber leído aún otra página de él. Era natural. Su cabeza seguía llena del valiente comportamiento de Nishiyama Atsuko.
Durante la cena, le había contado a su mujer toda la historia. Y la había alabado como un ejemplo del Bushidō de las mujeres del Japón. Al oírla, esta amante del Japón y de los japoneses no pudo menos que simpatizar. Le había complacido encontrar en ella una ávida oyente. Su esposa, la dama y el farol de Gifu—estos tres flotaban ahora en su conciencia con un cierto trasfondo ético.