Esto duró probablemente unos veinte o treinta minutos.
Luego el Sensei Mōri, levantándose de repente de su silla, comenzó a debatir la cuestión de la vida en relación con el poema de Longfellow que estaba leyendo. No recuerdo en absoluto el quid de su charla, pero creo que, más que un argumento, era algo impresionista construido en torno a su propia vida.
Pues recuerdo vagamente que dijo algo así mientras parloteaba en un tono agitado, levantando y bajando los brazos constantemente igual que un pájaro desplumado:
“Todavía no entiendes la vida. ¿Verdad? Aunque quieras, no puedes. Eso en sí mismo sin duda te hace feliz.
Cuando llegues a ser como yo, conocerás la vida a la perfección. La conoces, pero son sobre todo penalidades. ¿Entiendes? Son sobre todo penalidades.
Yo mismo tengo dos hijos. Bueno, debo mandarlos a la escuela. Cuando los mando —eh—, cuando los mando— ¿matrícula? Sí, eso es. La matrícula es necesaria. ¿No es así? Así que son sobre todo penalidades, sí señor”.
Pero, por supuesto, no se podía esperar que comprendiéramos los sentimientos de este profesor que, con o sin intención, de hecho nos suplicaba a nosotros, los ingenuos estudiantes de secundaria, que lo libráramos de las tribulaciones de la vida. Más bien, nosotros, que solo veíamos el lado ridículo del hecho de que estuviera haciendo esa súplica mientras seguía hablando, empezamos a soltarnos todos una risita. Solo que nuestra risa no se convirtió en la habitual carcajada, lo cual tal vez se debía a que su ropa gastada y su expresión mientras hablaba con voz chillona nos despertaron cierta compasión, como si fueran las dificultades de la vida misma.