Mientras Narihiro fumaba como de costumbre en una habitación del palacio, una de las puertas doradas con la imagen de Seiōbo pintada en ella se abrió silenciosamente y un asistente ataviado con un kimono oscuro de seda kihachijō y un haori negro con cresta se arrastró reverentemente a su presencia. Como no levantaba el rostro, aún no se evindenciaba quién era. Narihiro, pensando que el hombre había venido por algún asunto, dio unos golpecitos a su pipa y dijo con generosidad:
“¿Qué es?”
“Este… Sōshun tiene un favor que pedirle”.
Diciendo esto, Kōchiyama hizo una pausa por un momento. Luego, a medida que continuaba, levantó lentamente la cabeza y finalmente clavó los ojos en el rostro de Narihiro. Los clavó allí como una serpiente que hechiza a su víctima, desbordando al mismo tiempo esa peculiar afabilidad que solo poseen los hombres de su calaña.
—No es más que esto, que me gustaría muchísimo que me diera esa pipa que tiene ahí en la mano.
Narihiro bajó inconscientemente los ojos hacia la pipa que tenía en la mano. Prácticamente al mismo tiempo, Kōchiyama continuó como si le siguiera el hilo,
—¿Qué me dices? ¿Me lo darás?
En las palabras de Sōshun había algo que no era simplemente un sentimiento de súplica, sino también esa sensación de prepotencia propia de la clase de los sirvientes en su trato con todos los daimyō. En