Era la noche del tercer día del undécimo mes del décimo noveno año de Meiji (1886). Akiko, la hija de diecisiete años de la ilustre familia de ⸻, acompañada de su calvo padre, subió las escaleras del Rokumeikan, donde se celebraría el baile de esa noche.
Grandes flores de crisantemo, que casi parecían artificiales, formaban setos triples a lo largo de los lados de la amplia y brillantemente iluminada escalera de gas. Los pétalos de los crisantemos, los del fondo rosados, los del centro de un amarillo intenso y los del frente blancos como la nieve, estaban todos despeinados como borlas de estandarte.
Y cerca de donde terminaban los bancos de crisantemos, ya salía incesantemente del salón de baile, en lo alto de las escaleras, una animada música orquestal como un irreprimible suspiro de felicidad.
A Akiko se le había enseñado desde temprana edad a hablar francés y a bailar. Pero esta noche iba a asistir a un baile de gala por primera vez en su vida.
Por ello en el carruaje, cuando su padre le hablaba de vez en cuando, ella solo respondía con monosílabos distraídos. Tan profundamente había echado raíces en su pecho una sensación de zozobra que bien podría definirse como una alegre inquietud.
Hasta que el carruaje finalmente se detuvo frente al Rokumeikan, una y otra vez levantó los ojos con impaciencia y contempló por la ventana las escasas luces de las calles de Tokio que pasaban de largo al otro lado.
Pero apenas entró en el Rokumeikan, experimentó aquello que le hizo olvidar su inquietud.