Pero, aunque nuestra risa no se hizo más fuerte, al cabo de un momento el campeón de yudo que se sentaba a mi lado dejó de repente a un lado su Mundo caballeresco y se puso de pie con la fiereza de un tigre. Y mientras yo me preguntaba qué iba a hacer, dijo,
“Sensei, nosotros venimos a esta clase para que nos enseñen inglés. Así que, si no nos lo enseña, no tiene sentido que nos quedemos en este aula. Si sigue hablando así, iré ahora mismo al gimnasio”.
Con esto, puso la cara más agria que pudo y volvió a sentarse con la mayor fiereza. Nunca he visto a un hombre con un aspecto tan extrañísimo como el que tenía Mōri Sensei en ese momento. Con la boca aún entreabierta como si le hubiera caído un rayo, se quedó simplemente de pie, rígido como un palo junto a la estufa, durante uno o dos minutos, contemplando el rostro de aquel estudiante impetuoso. Pero al fin, aquella expresión suplicante acudió rauda a sus ojos bestiales y los encendió, y de pronto se llevó la mano a su corbata morada y, bajando la cabeza calva dos o tres veces, dijo:
“Sí, tengo la culpa. He obrado mal, así que pido sinceras disculpas.
Sin duda, están todos aquí para estudiar inglés. Obré mal al no enseñarles inglés. Ya que he obrado mal, pido sinceras disculpas.
Comprenden, ¿verdad? Pido sinceras disculpas”.
Y repetía el mismo género de cosas una y otra vez, con una sonrisa tal que parecía casi estar llorando.
Por la puerta de la estufa, el fuego proyectaba una luz roja en diagonal sobre su figura, haciendo que las partes gastadas de su abrigo en los hombros y la cintura resaltaran con mayor claridad. Al mismo tiempo, su cabeza calva, cada vez que la inclinaba, brillaba con un fino lustre cobrizo y parecía aún más un huevo de avestruz.