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nydus/Short FictionPublic
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Sensei Mōri

Pero Mōri Sensei, manteniendo su pequeño cuerpo erguido frente a la estufa y totalmente ajeno a la nieve que revoloteaba cubriendo los cristales de las ventana, seguía brandiendo su libro de lectura sin cesar y gritando desesperadamente como si un resorte en su cabeza se hubiera desatado de repente. > «¡La vida es real, la vida es seria! ¡La vida es real, la vida es

En consecuencia, cuando terminó el período escolar para el que había sido contratado y ya no pudimos ver más a Mōri Sensei, nos alegramos y no sentimos el menor remordimiento. No, sería mejor decir que su marcha nos era tan indiferente que ni siquiera sentimos alegría.

Yo, en especial, carecía tanto de gentileza que, a medida que fui creciendo durante siete u ocho años, pasando por la escuela media, el instituto y la universidad, olvidé por completo la existencia misma de tal maestro.

Luego, en el otoño del año en que me gradué de la universidad —digo el otoño, pero era la noche de uno de esos días lluviosos de principios de diciembre en que la densa bruma suele descender al atardecer, y en que los sauces y plátanos de indias a lo largo de las avenidas hacía ya mucho que habían desprendido sus hojas amarillas. Tras buscar con diligencia en las librerías de segunda mano de Kanda algunos libros alemanes, que escaseaban sobremanera desde el inicio de la guerra europea, y comprar por fin uno o dos, de repente, al pasar junto al Nakanishiya, protegiéndome del aire nocturno de finales de otoño, casi inmóvil y helado, con el cuello del abrigo levantado, sentí de algún modo añoranza de voces humanas bulliciosas y bebidas calientes, y entré informalmente en un café de allí.

Pero cuando al fin entré, descubrí que la estancia, aunque pequeña, tenía un aspecto despojado, y no había ni un solo cliente. Sobre las mesas de cubierta de mármol dispuestas en filas, solo el dorado de los azucareros reflejaba fríamente la luz eléctrica.

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