hacia todos los hombres y sus asuntos terrenales por haberlo herido de muerte brotaba en su cabeza febril. Le enfurecía tener que abandonar el mundo. Pensamientos de esta índole cruzaban uno tras otro por su cerebro, infligiéndole un sufrimiento interminable, y mientras estos sentimientos iban y venían, prorrumpía en un gemido desgarrador: «¡Me muero! ¡Me muero!».
Maldijo a la caballería japonesa y, a continuación, en tonos más suaves, murmuró los nombres queridos de sus padres. Pero ya estaba tan agotado que, en cuanto estos gritos brotaban de sus labios, se convertían en lamentos insensatos y roncos.
—¡Ay, qué infeliz soy! ¡Qué desgracia haber sido traído aquí en la flor de la vida, para luchar y ser matado como un perro! ¡Qué bestia aborrecible ese japonés que intentó matarme! ¡Qué tontos fueron esos oficiales al haberme enviado a ese reconocimiento! ¡Y cuán detestables son las dos potencias beligerantes, China y Japón!
“Pero aún más abominables que estos son todos los seres humanos que de algún modo han sido responsables de convertirme en soldado. ¡Todos ellos son mis enemigos! Por la estupidez de esta gente me veo obligado a entregar mi vida y a dejar el mundo en el que todavía tengo tantas cosas que hacer. ¡Ay de mí! ¡Qué idiota he sido al haberme dejado utilizar como instrumento de las circunstancias y al haber permitido que esta gente hiciera conmigo exactamente lo que le placía!”
Estos pensamientos acudieron a su mente uno tras otro mientras el pobre Jashoyi continuaba en su loca carrera a través de los altos campos de mijo.
Sorprendidas por la embestida del caballo, bandadas de codornices levantaban el vuelo aquí y allá en completa confusión.
El caballo prestaba escasa atención a nada. Solo sentía a su amo aferrado a su lomo, a punto a veces de caer de la silla, pero galopaba y galopaba, con espuma brotándole de los belfos.