Con una sensación de soledad, como si alguien me hubiera engañado, me acerqué a una mesa frente a un espejo empotrado en la pared y me senté. Luego le pedí una taza de café al camarero que se me acercó y, sacando un puro de repente, al fin, tras encender muchas cerillas, logré prenderlo. Y pronto hubo sobre la mesa ante mí una taza de café humeante, pero mi ánimo, una vez caído, parecía, como la neblina baja del exterior, no disiparse fácilmente. Los libros que acababa de comprar en las librerías de lance eran libros de filosofía impresos en letra pequeña, y allí me habría resultando doloroso leer una sola página incluso de tan ilustres discursos. Por lo cual, como no podía hacer otra cosa, apoyé la cabeza en el respaldo de la silla y, sorbiendo café brasileño y exhalando el humo de mi habano por turno, permití que mi mirada sin propósito vagara al azar por el espejo justo delante de mis narices.
En él se reflejaban con claridad y frialdad, exactamente como parte de la escenografía de un teatro, en primer lugar el lateral de una escalera que subía al segundo piso, luego la pared de enfrente, una puerta pintada de blanco y el cartel de un concierto colgado en la pared. Sí, y además, las mesas con tapa de mármol. Y había una gran maceta con un pino, y una lámpara eléctrica colgando del techo. También se veía una gran estufa de calefacción de gas, de porcelana. Y pude ver frente a la estufa, formando un círculo, a tres o cuatro camareros hablando con seriedad. Y entonces —justo cuando, inspeccionando los objetos del espejo uno por uno, llegué hasta estos camareros frente a la estufa— me sobresaltó ver a un cliente que, rodeado por los camareros, estaba sentado a una mesa. La razón por la cual no había llamado mi atención hasta ese momento era probablemente que, con todos los camareros a su alrededor, lo había tomado inconscientemente por un cocinero del café o algo así. Pero lo que me sobresaltó entonces no fue solo el hecho de haber encontrado a un cliente donde creía que no había ninguno. Fue que, aunque solo se veía el perfil del hombre en el espejo, por la forma de aquella cabeza calva