Al mismo tiempo sintió una sed terrible en la garganta. Luego, de repente, apareció justo en frente de él un jinete japonés de aspecto amenazador, con la boca abierta de par en par y los ojos tan dilatados que los globos oculares parecían salirse de las órbitas. Por un gran desgarro de su gorra forrada de rojo asomaba la coronilla en forma de castaña.
Instintivamente Jashoyi levantó su sable y lo descargó sobre la fea cabeza y el gorro con todas sus fuerzas.
Pero lo que resistió su golpe no fue el gorro ni la cabeza bajo este, sino el duro acero de la espada con la que su agresor paró repentinamente el golpe con la espléndida destreza de un espadachín japonés.
El sonido metálico del entrecejo de las dos espadas resonó con terrible claridad en medio del estruendo ensordecedor del combate, y un olor penetrante a acero pulido hirió agudamente sus fosas nasales.
Al mismo tiempo, la ancha espada de su oponente brilló bajo la luz del sol, giró ampliamente alrededor de su cabeza y sintió algo indescriptiblemente frío que penetraba en las articulaciones de su cuello con un silbido cruel.
El caballo seguía galopando a toda carrera por los campos de mijo casi interminables, con Khashoji a lomos. El estrépito de los combatientes y caballos, y el choque de las espadas ahora habían cesado. El sol otoñal en Liaotung era sereno y apacible. Era como una tarde de otoño en Japón.
El pobre Jashoyi gemía con el dolor de su herida, el cual se veía acentuado por el movimiento oscilante de su caballo. Pero había un significado más profundo en los gemidos que escapaban entre sus dientes apretados. No solo estaba luchando contra el dolor físico, sino que se encontraba atormentado por una agonía de índole espiritual: clamaba contra el terror repentino de la muerte que sentía cernirse sobre él. Decir adiós a la vida lo llenaba de una pena indescriptible. Un profundo resentimiento