No sé cuánto tiempo estuvo absorto en tan agradables reflexiones. Pero, aún bajo su influjo, recordó de repente que le habían pedido que enviara una colaboración para cierta revista.
Bajo el título de «Cartas a la juventud de hoy», dicha revista estaba recopilando opiniones sobre moral general de hombres distinguidos de todo el país. Tomando como material el incidente de aquel día, escribiría y enviaría sus impresiones de inmediato, pensó, y se rascó un poco la cabeza.
La mano con la que el profesor se rascaba la cabeza era aquella en la que sostenía el libro.
Al percatarse del libro, que hasta entonces había descuidado, lo abrió por donde había metido la tarjeta poco antes, en la página que ya había empezado a leer.
Justo en ese momento llegó la doncella y encendió el farol de Gifu sobre su cabeza, por lo que no le resultó muy difícil leer la letra pequeña.
Echó una mirada distraída a la página sin muchas ganas de leer.
Strindberg dijo,
En mi juventud, la gente contaba la historia del pañuelo de la señora Heiberg, un relato que probablemente había salido de París. Trataba sobre su doble representación de rasgar su pañuelo en dos con las manos mientras una sonrisa jugaba en su rostro. Hoy a esto lo llamamos patochada.
El profesor dejó el libro sobre sus rodillas. Como lo dejó abierto, la tarjeta con el nombre de Nishiyama Atsuko todavía yacía entre sus páginas. Pero lo que tenía en la mente ya no era la dama. Ni tampoco su esposa o la civilización japonesa. Era algo indefinido que amenazaba con romper la calmada armonía de estas. El truco escénico que Strindberg había