«No tengo el menor recuerdo de haber recibido jamás favor alguno de los piojos».
“No, aun si no lo hubieras hecho, quitarle la vida a seres vivos por puro capricho es indecible”.
Tras intercambiar dos o tres observaciones más con creciente vehemencia, a Mori de repente se le nubló la vista de ira y puso la mano en la empuñadura de su espada de vaina granate. Por supuesto, Inoue no dio su brazo a torcer. Rápidamente arrebató su hoja larga en su vaina de cinabrio y se puso de pie de un salto. De no haber sido porque los hombres desnudos que andaban cazando piojos los separaron con entusiasmo, aquello probablemente le habría costado la vida a uno u otro.
Según el relato de alguien que presenció este revuelo con sus propios ojos, los dos hombres, firmemente sujetos en brazos de todo el grupo, todavía echaban espuma por la boca y gritaban: «¡Piojos! ¡Piojos!».