Cuando el rey Jerjes advirtió qué daño habían sufrido sus naves, resolvió huir sin demora a Persia. Sin embargo, para ocultar este propósito, simuló que continuaría la guerra, levantando un molo a través del canal que hay entre Salamina y el continente, y haciendo otras cosas.
Pero aunque engañó a los demás, no engañó a Mardonio.
Entre tanto envió un mensajero a Susa, adonde antes había mandado la noticia de cómo era dueño de Atenas; y así como antes el pueblo se había regocijado, esparciendo ramas de mirto por las calles, quemando incienso, festejando y divirtiéndose, así ahora estaban muy turbados, rasgándose las vestiduras y armando gran alboroto con llantos y lamentaciones.
Ni fue por el daño de la nave por lo que se lamentaban, sino por el miedo de que el Rey mismo sufriera algún daño. Y no quisieron ser consolados hasta que él regresó a salvo.
Ahora bien, cuando Mardonio vio que el rey se proponía huir, temiendo sufrir castigo por haber aconsejado la marcha contra Grecia, tomó esta resolución: o bien conquistaría él mismo Grecia —y esto en verdad esperaba hacerlo— o perecería honorablemente. Por lo cual dijo a Jerjes: > «No te preocupes demasiado, oh señor, por esta pérdida que nos ha acontecido; pues esta gente, a quien crees que nos ha vencido, no se atreverá a hacernos frente. Y, si