Así que los capitanes de los barcos persas llegaron a Mícale, vararon sus naves en la playa y construyeron a su alrededor una empalizada de piedras y madera, talando los árboles frutales que había en el lugar y clavando estacas en el suelo en torno a la empalizada.
Cuando los griegos supieron que los bárbaros habían huido a tierra firme, se afligieron mucho de que los hombres se les hubieran escapado de las manos, y dudaron si debían volverse a casa o navegar hacia el Helesponto.
Pero al fin no hicieron ni lo uno ni lo otro, sino que navegaron hacia tierra firme, habiendo preparado puentes de abordaje y otras cosas necesarias para un combate naval. Mas cuando llegaron al lugar, no hubo nadie que saliera a su encuentro, sino que vieron las naves varadas dentro de las empalizadas, y un gran ejército alineado a lo largo de la orilla.
Primeramente, Leotíquidas navegó con su nave a lo largo de la costa, manteniéndose tan cerca de ella como le fue posible, y gritando con fuerte voz: “Hombres de Jonia que por ventura me oigáis, escuchad lo que ahora digo, pues los persas no entenderán ninguna de mis palabras. Cuando trabemos combate, acordaos todos vosotros primero de la Libertad, y luego de nuestra contraseña, que es Hebe. Y si hay algunos que por ventura no me oigan, que otros les transmitan mis palabras”.
Ahora bien, el propósito de estas palabras era el mismo que el de las palabras que Temístocles escribió sobre las rocas en Artemisio. Si no llegaban a conocimiento de los persas, entonces podrían persuadir a los jonios; mas si llegaban a su conocimiento, harían que los persas no confiaran en sus aliados.
Cuando Leotíquidas hubo terminado de decir estas palabras, los aliados acercaron sus naves a tierra y desembarcaron, y se dispusieron en orden de batalla.