Pero cuando Pitio el lidio vio este prodigio que había ocurrido en los cielos, envalentonado por los presentes que le había hecho al Rey, se presentó ante Jerjes y dijo:
«Oh, señor mío, te ruego que me concedas cierta gracia que para ti es de poca importancia, pero para mí muy deseable».
Y Jerjes, sin sospechar lo que aquél tenía en la mente, respondió:
«Habla y haré por ti cuanto desees».
Cuando Pitio oyó estas palabras, cobró ánimo y dijo:
«Oh, señor mío, tengo cinco hijos, y a todos los llevas contigo para esta guerra que emprendes contra los griegos. Ten piedad de mí, por tanto, oh Rey, recordando mi vejez, y exime de este servicio a uno de mis hijos, al mayor, para que pueda cuidar de mí y de mis bienes».
Cuando Jerjes oyó esto, se enfureció mucho y respondió:
«Vil criatura, ¿os has atrevido, aun cuando yo mismo marcho contra Grecia y llevo conmigo a mis hijos, a mis hermanos, a mis ministros y a mis amigos, a hacer mención de tus hijos, tú que eres mi esclavo y estás obligado a seguirme con toda tu casa, e incluso con tu mujer? Cuando obraste bien y me hiciste ofrendas generosas, no pudiste superar al Rey en generosidad, y ahora que actúas mal, recibirás menos de lo que mereces. Tu hospitalidad te salvará a ti y a cuatro de tus hijos; pero la vida de aquel a quien amas por encima de los demás pagará la culpa».
Tan pronto como Jerjes hubo dicho esto, dio orden inmediatamente a aquellos a quienes estaba encomendado tal cometido que buscasen al