Al día siguiente, Jerjes ordenó a las naves que navegaran a toda velocidad hacia el Helesponto, para custodiar los puentes ante su llegada.
Así pues, partieron; y al navegar junto al cabo Zoster, donde ciertas rocas sobresalen de la tierra, tomaron las rocas por naves y huyeron muy lejos.
Pero después, cuando conocieron la verdad, volvieron a reunirse.
Por algún tiempo los griegos, al ver al ejército de los bárbaros en el mismo lugar, supusieron que los barcos también permanecían allí, y se prepararon para la batalla. Pero cuando supieron la verdad, los persiguieron; mas habiendo navegado hasta Andros, y al no verlos, celebraron un consejo de guerra.
Entonces Temístocles quiso que se dirigieran a toda prisa hacia el Helesponto para poder derribar los puentes, pero Euribíades fue de la opinión contraria, diciendo:
«No puede sobrevenirle a los griegos peor cosa que el que derribemos los puentes. Pues si los persas quedan así aislados y obligados a permanecer, ved lo que sucederá. Si se quedan quietos, habrán de arruinarse, pues su ejército perecerá de hambre; pero si se ponen en movimiento, conquistarán toda Europa, ciudad por ciudad, y por alimento tendrán nuestras cosechas. Ahora, en verdad, porque sus barcos han sido vencidos, tiene la intención de marchar; y esto debemos permitirle que haga. Solo cuando se haya marchado, podremos, si queremos, luchar con él por el dominio de su propio país».