El prodigio fue este: que una yegua parió una liebre. Y lo que había que deducir de ello era esto: que Jerjes conducía contra los griegos un gran ejército magníficamente equipado y que, sin embargo, antes de muchos días volvería al mismo lugar huyendo para salvar la vida.
Entonces Jerjes prosiguió su marcha, mientras la flota navegaba junto a la costa. Y cuando llegó a Dorisco, tuvo el deseo de conocer el número de su ejército.
Cuáles fueran en verdad los números de las diversas naciones no se puede decir; pero se halló que el número de toda la hueste era de un millón setecientos mil. Estos fueron numerados de la manera que ahora se va a contar.
Trajeron a diez mil hombres a un lugar; los colocaron tan juntos como pudieron, y habiendo hecho esto, trazaron un círculo a su alrededor; y cuando hubieron hecho este círculo y dejaron marchar a los diez mil, levantaron un terraplén alrededor del círculo, tan alto como la mitad de un hombre.
Cuando hubieron hecho esto, trajeron a otros al lugar que así había sido cercado hasta que lo hubieron llenado. Cuando hubieron numerado la hueste, la ordenaron nación por nación.
Estas naciones eran muchas en número. Ante todo estaban los persas, que llevaban turbantes en la cabeza y túnicas de mangas de diversos colores alrededor del cuerpo, con escamas de hierro semejantes a las escamas de un pez. En las piernas llevaban pantalones, y sus broqueles eran de mimbre. Como armas tenían lanzas cortas, arcos largos y flechas de caña; asimismo llevaban puñales colgando de sus cinturones por el muslo derecho. Los medos iban equipados de la misma manera; y en verdad este estilo de armadura es más medo que persa.
Los asirios llevaban cascos de bronce, forjados de un modo extraño. Tenían escudos, lanzas y puñales semejantes a los de los egipcios; y