Y Artábano, su tío, el mismo que al principio le había hablado con valentía al rey para que no hiciera la guerra contra los griegos, cuando supo que Jerjes lloraba, fue a él y le dijo:
«Oh, rey, ¡cuán diferente es esto que haces ahora de aquello que hiciste hace tan poco tiempo! Pues entonces te llamabas dichoso, mas ahora lloras».
Entonces dijo el rey: «Me ha asaltado de repente un pensamiento de compasión al ver cuán corta es la vida entera del hombre, dado que de todo este gran ejército no quedará ni uno con vida dentro de cien años».
Entonces dijo Artabano:
«Los hombres tenemos que soportar en la vida cosas más lastimosas que esta. Pues en esta vida, a pesar de su brevedad, no hay hombre tan feliz que no desee, y esto no una sino muchas veces, morir antes que vivir. Porque las desgracias se abaten sobre nosotros y las enfermedades nos acosan, de modo que la vida, por corta que sea, aun así parece demasiado larga, y la muerte, de tantos problemas como tiene la vida, se nos muestra como el mejor refugio al que un hombre puede huir. Pues los dioses, que nos dan una muestra de la dulzura de la vida, son sin embargo celosos para que no podamos disfrutarla plenamente».
A esto le respondió Jerjes: «No pensemos así de la vida humana, por mucho que sea tal como dices, ni guardemos cosas malas en nuestras mentes cuando tenemos cosas buenas en nuestras manos. Mas ea, dime, si no hubieras visto esa visión, ¿habrías seguido pensando de la misma manera, aconsejándome que no hiciese la guerra contra los griegos?»
Artábano respondió: «Oh rey, que la visión que vimos se cumpla tal como lo deseamos. Sin embargo, estoy lleno de temor, al ver que hay dos cosas, y estas las mayores de todas, que están en nuestra contra».