Cuentan en verdad que perecieron de las naves trescientos, y de los hombres más de veinte mil. Pues el mar en estas partes está lleno de grandes monstruos, que se apoderaron de muchos de los hombres; muchos también fueron estrellados contra las rocas y así perecieron; y algunos perecieron porque no sabían nadar, y otros a causa del frío. Así les fue a las naves.
En cuanto a Mardonio y su ejército, los brigos, una tribu de tracios, lo atacaron en su campamento de noche y mataron a muchos de sus hombres, e hirieron al propio Mardonio.
A pesar de ello, los brigos no escaparon al destino de la esclavitud, pues Mardonio no abandonó esta región hasta haberlos sometidos por completo.
Pero cuando hubo hecho esto, regresó a Asia, pues su ejército había sufrido mucho a manos de los tracios, y sus naves a causa de la tempestad en el monte Athos. Así llegó esta gran empresa a su fin con poca gloria.
Por todo esto Darío no cambió su propósito respecto a Atenas y a las demás ciudades de Grecia. Pues todos los días, por orden suya, su servidor le decía: «Oh rey, acuérdate de los atenienses». Asimismo, los hijos de Pisístrato no cesaban de hablar en contra de la ciudad. El rey en verdad deseaba, teniendo como pretexto su disputa con los atenienses, someter a todos los griegos que no le dieran tierra y agua; pues la entrega de estas cosas es para los persas símbolo de sumisión. A Mardonio, al ver que le había ido mal en su empresa, el rey lo destituyó de su cargo, nombrando en su lugar a Datis, que era un medo, y a Artafernes, hijo de su hermano. A estos los envió entonces con el mismo propósito con el que había enviado a Mardonio, diciéndoles: «Haced