daño alguno a la tierra en la que los dos Grandes, Apolo y Artemisa, nacieron, ni a ella ni a sus habitantes. Volved, por tanto, a vuestras propias viviendas y habitar vuestra isla». Este fue el mensaje que Datis envió a los hombres de Delos; y después quemó trescientos talentos de peso de incienso sobre el altar de su templo.
Y aconteció que, cuando hubo partido de Delos, la isla fue conmovida por un terremoto. Pues bien, jamás había sido conmovida de tal manera antes, ni lo ha sido desde entonces.
Esto, sin duda, sucedió como una señal para los hijos de los hombres de los males que se les venían encima.
Y en verdad, en los días de Darío, hijo de Histaspes, y de Jerjes, hijo de Darío, y de Artajerjes, hijo de Jerjes, que fueron reyes de Persia, el uno después del otro, les sobrevinieron a los griegos peores males que los que les habían sobrevenido en veinte generaciones antes de los días de Darío, de los cuales males unos en verdad vinieron de los persas y otros de los principales entre ellos mismos cuando contendían unos con otros por la preeminencia.
Por tanto, bien puede creerse que Delos jamás había sido conmovida como lo fue en aquellos días.
Desde Delos los bárbaros zarparon hacia las otras islas de aquel mar. Y a dondequiera que llegaban tomaban a algunos de los isleños para que sirvieran en el ejército y en los barcos, y a algunos de sus hijos para que fuesen rehenes.
Pero cuando llegaron a Caristo, la gente de la tierra no quiso dar rehenes, ni tampoco estaban dispuestos a ayudar a hacer la guerra contra las ciudades de sus vecinos, refiriéndose con ello a Eretria y Atenas.
Entonces los persas sitiaron su ciudad y devastaron su territorio hasta que los hombres de Caristo accedieron a hacer lo que se les había exigido.