Mardonio, el hijo de Gobrias, bajó de Susa, y tenía un gran ejército y muchos barcos. Era un joven, y se había casado recientemente con la hija del rey Darío. Cuando hubo llegado a la tierra de Cilicia, tomó un barco y navegó hacia la costa de Jonia, y los otros barcos lo siguieron.
Y estando en Jonia, hizo esta obra (cosa maravillosa, sin duda, a los ojos de aquellos que no creen el relato de Otanes, acerca de cómo este habría establecido entre los persas el gobierno del pueblo); derribó de sus puestos a todos los señores de los jonios, estableciendo en cada ciudad el gobierno del pueblo.
Cuando hubo hecho esto, marchó con toda prisa hacia el Helesponto, adonde se había congregado una gran multitud de barcos y muchos millares de hombres. Estos cruzaron el Helesponto en las naves y marcharon así a través de la tierra de Europa. Y su propósito era, según decían, vengarse de las ciudades de Atenas y Eretria; pero en verdad tenían la intención de someter a tantas cuantas pudiesen de las ciudades de los griegos.
Primeramente, pues, subyugaron a los tracios. Estos ni siquiera alzaron una mano contra los persas, por lo que fueron sumados a las naciones que tenían esclavizadas. Desde Tasos se dirigieron a Acanto, y dejando atrás Acanto, procuraron rodear el monte Atos, que es un gran promontorio que se adentra profundamente en el mar.
Aquí se levantó contra las naves un viento muy poderoso, tal que de ningún modo pudieron resistirlo, y les causó gran daño.