recuerdo que él reprende la mixtión enseñada por los antiguos por considerarla demasiado ligera o burda, debido a que los cuerpos mezclados según su hipótesis, aunque lo parezcan a los ojos humanos, no lo parecerían a los agudos ojos de un lince, cuya visión más perfecta discerniría que los elementos —si no estuvieran mezclados de otro modo que como sus predecesores querían, es decir, meramente combinados, mas no unidos—; mientras que los antiguos, aunque no todos coincidían acerca de qué clase de cuerpos eran los mezclados, sostenían casi unánimemente que en un cuerpo compuesto, aunque los miscibles (ya fuesen elementos, principios o como quisieran llamarlos) estuvieran asociados en partes tan pequeñas y con tanta exactitud que no había parte sensible de la masa que no pareciera ser de la misma naturaleza que el resto y que el todo; no obstante, en cuanto a los átomos u otras porciones insensibles de materia de las que constaba cada uno de los miscibles, cada uno de ellos retenía su propia naturaleza, estando unidos con el resto en un solo cuerpo tan solo por aposición o yuxtaposición.
De suerte que aunque en virtud de esta composición el cuerpo mixto obtuvo tal vez diversas cualidades nuevas, con todo, los ingredientes que lo componían, conservando su propia naturaleza, eran separables los unos de los otros mediante la destrucción del compositum, quedando las diminutas partes desenganchadas de las de naturaleza diferente, y asociadas con aquellas de su propia especie para volver a ser de nuevo Fuego, Tierra o Agua, tal como eran antes de que por azar fuesen ingredientes de dicho compositum.
Esto puede explicarse (continúa Eleutherius) mediante una pieza de tela hecha de hilos blancos y negros entretejidos, en la cual, aunque toda la pieza no parezca ni blanca ni negra, sino de un color resultante, esto es, gris, cada uno de los hilos blancos y negros que la componen sigue siendo lo que era antes, como se vería si los hilos fuesen separados y cada color se clasificase por sí mismo.