sus principios, ponerse de parte de uno de ellos en la gestión de un argumento y, si lo veía oportuno, de su antagonista en la prosecución de otro, sin estar confinado a mantenerse en un solo bando u opinión, lo cual, tras cierto debate, le fue concedido.
Pero yo, consciente de mi propia Incapacidad, les dije resueltamente que yo estaba tanto más dispuesto cuanto más apto para ser oyente que orador entre personas tan entendidas y sobre un tema tan abstruso.
Y que por tanto les suplicaba que, sin obligarme a pregonar mis debilidades, me permitieran mitigarlas siendo un auditor silencioso de sus discursos; que me tolerasen estar allí, para lo cual no podía presentarles más motivo que el de que sus enseñanzas harían de mí un admirador más inteligente.
Añadí que no deseaba estar ocioso mientras ellos estaban ocupados, sino que, si gustaban, tomando por taquigrafía lo que se dijera, preservaría unos discursos que, bien sabía, merecían perdurar.
Al principio Carnéades y sus dos amigos rechazaron por completo esta propuesta; y todo lo que pudo lograr mi Determinación de valerme de mis oídos, y no de mi lengua, en sus debates, fue hacerlos condescender con la Proposición de Eleuterio, quien, considerándose obligado, por haberme llevado allí, a prestarme algún tímido apoyo, se mostró conforme con que yo registrara sus Argumentos, para ser más capaz, tras la conclusión de su conferencia, de darles mi opinión sobre el Tema de esta (El número de Elementos o Principios): lo cual prometió que yo haría al final de los presentes Debates, si el tiempo lo permitía, o bien en nuestro próximo encuentro. Y habiendo sido esto asumido por él en mi nombre, aunque sin mi consentimiento, la compañía no quiso aceptar de ningún modo mi Protesta al respecto, sino que, clavando de golpe sus ojos en Carnéades, le invitaron con ello y con su unánime silencio a comenzar; lo cual (tras una breve pausa, durante la cual se volvió hacia Eleuterio y hacia mí) hizo de este modo.