No obstante los sutiles razonamientos que he hallado en los libros de los peripatéticos, y los bellos experimentos que me han sido mostrados en los laboratorios de los químicos, soy de una naturaleza tan desconfiada, o torpe, como para pensar que, si ninguno de ellos puede aportar argumentos más apremiantes para evidenciar la verdad de su afirmación de los que suelen aducirse, un hombre puede, de manera bastante racional, albergar ciertas dudas en cuanto al número mismo de aquellos ingredientes materiales de los cuerpos mixtos, que algunos quieren que llamemos Elementos y otros Principios.
En verdad, cuando consideré que los dogmas acerca de los elementos son tan considerables entre las doctrinas de la filosofía natural como los elementos mismos lo son entre los cuerpos del universo, esperaba hallar sólidamente establecidas aquellas opiniones sobre las cuales se superestructuran tantas otras.
Pero cuando me tomé el trabajo de examinar imparcialmente los cuerpos mismos que se dice resultan de la mezcla de los elementos, y de someterlos a tortura para que confiesen sus principios constituyentes, fui rápidamente inducido a pensar que los filósofos han disputado sobre el número de los elementos con más fervor que éxito.
Esta insatisfacción mía ha sido muy admirada por estos dos caballeros (al decir cuyas palabras señaló a Temistio y a Filópono), quienes, aunque difieren casi tanto entre sí acerca de la cuestión que hemos de considerar como yo difiero de cualquiera de ellos, sin embargo, ambos coinciden muy bien en esto: en que hay un número determinado de tales ingredientes como los que acabo de mencionar, y en que cuál sea ese número —no digo que pueda ser (pues ¿qué no podrían persuadir tales hombres?)—, suele ser demostrado con bastante claridad tanto por la Razón como por la Experiencia. Esto ha motivado nuestra presente Conferencia. Pues habiendo derivado nuestra charla de esta tarde de un tema a otro, y habiéndose detenido por fin