necesidad de admitir elemento alguno, o Principios Hipostáticos, en absoluto.
Y, como antes, así ahora, para evitar la innecesaria molestia de disputar separadamente con los aristotélicos y los químicos, me dirigiré a oponerme a los que he nombrado en último lugar, porque su doctrina acerca de los elementos es más aplaudida por los modernos, al pretender altamente fundarse en la experiencia.
Y, para obrar no sólo con justicia sino también con benevolencia hacia ellos, les permitiré que añadan la Tierra y el Agua a sus otros principios. A lo cual consiento, más bien para que mi discurso pueda alcanzar mejor las tesis de los peripatéticos, quienes no pueden abogar por ningunos de forma tan probable como por esos dos elementos; pues el del fuego por encima del aire es generalmente rechazado por los hombres juiciosos como algo imaginario; y el aire no concurre a componer los cuerpos mixtos como uno de sus elementos, sino que únicamente se aloja en sus poros, o más bien rellena, debido a su peso y fluidez, todas aquellas cavidades de los cuerpos aquí abajo, ya estén compuestas o no, que sean lo bastante grandes para admitirlo y no estén ocupadas por alguna sustancia más densa.
Y, para evitar equívocos, debo advertirte que ahora entiendo por Elementos, tal como los químicos que hablan con más claridad entienden por sus Principios, ciertos cuerpos primitivos y simples, o perfectamente inmezclados, los cuales, no estando hechos de ningún otro cuerpo, ni el uno del otro, son los Ingredientes de los cuales todos aquellos llamados cuerpos perfectamente mixtos son inmediatamente compuestos, y en los cuales son últimamente resueltos: ahora bien, si existe algún cuerpo tal que se halle constantemente en todos y cada uno de aquellos que se dice son cuerpos elementados, es esto lo que ahora cuestiono.