en este, se ofrecieron a demostrarme, cada uno de ellos, la verdad de su opinión, a partir de ambos tópicos que acabo de nombrar. Pero en el primero (el de la Razón estrictamente considerada) rehusamos insitir por el momento, para no quedarnos sin tiempo antes de cenar para examinar a fondo también las Razones y los Experimentos. El último de los cuales consideramos unánimemente como el más necesario de examinar seriamente.
Debo suplicaros entonces que tengáis a bien advertir, Señores (continuó Carneades), que mi propósito actual no me obliga a declarar mi propia opinión sobre el asunto en cuestión, ni a afirmar ni a negar la verdad de la doctrina peripatética o de la química acerca del número de los elementos, sino tan solo a mostraros que ninguna de estas doctrinas ha sido probada de manera satisfactoria por los argumentos comúnmente aducidos en su favor.
De modo que si realmente percibo (como tal vez creo que lo hago) que puede darse una explicación más racional que de costumbre de una de estas opiniones, se me deja en libertad de declararme partidario de ella, a pesar de mi compromiso actual, siendo evidente a los ojos de todos vosotros que una verdad sólida puede ser sostenida de manera general mediante argumentos que no son otra cosa que incompetentes.
Y a esta declaración espero que sea innecesario añadir que mi tarea no me obliga a responder a los argumentos que puedan extraerse, ya sea en favor de la opinión de Temistio o de la de Filópono, a partir del tópico de la razón, en tanto que opuesta a los experimentos; puesto que solo estos he de examinar, y ni siquiera todos ellos, sino tan solo aquellos en los que cualquiera de ellos considere oportuno insistir, y que hasta ahora se han solido aportar ya sea para probar que son los cuatro elementos peripatéticos, o que son los tres principios químicos los que componen todos los cuerpos.