frecuencia acerca de los Misterios Fisiológicos, suelen declarar mucho más el ingenio de quien las usa, que aumentar el conocimiento o disipar las dudas de los sobrios amantes de la verdad. Y tales sutilezas capciosas de hecho a menudo desconciertan y a veces reducen al silencio a los hombres, pero raramente los satisfacen. Siendo como los trucos de los Juglares, mediante los cuales los hombres no dudan de que son engañados, aunque a menudo no puedan declarar por medio de qué mañas se les ha impuesto. Y por tanto creo que habéis obrado muy sabiamente al hacer vuestro propósito considerar los Fenómenos relativos a la presente Cuestión, que han sido proporcionados por experimentos, especialmente desde que podría parecer injurioso para nuestros sentidos —por cuya mediación adquirimos gran parte del conocimiento que tenemos de las cosas corporales— el recurrir a Raciocinios rebuscados y abstractos para saber cuáles son los ingredientes sensibles de esas cosas sensibles que diariamente vemos y tocamos, y de las cuales se supone que tenemos la libertad de desentrañar (si se me permite decirlo) en los cuerpos primitivos de los que constan. Añadió que deseaba por tanto que no retrasasen por más tiempo su esperada satisfacción, si no hubiesen, como temía que hubiesen hecho, olvidado algo preparatorio para su debate; y eso era establecer qué se habría de entender a lo largo de todo el proceso por la palabra Principio o Elemento.
Carneades le agradeció la amonestación, pero le dijo que no habían descuidado cosa tan necesaria. Y que, siendo caballeros y estando muy lejos del humor litigioso de gustar de disputar sobre palabras, términos o nociones vacías, ya habían acordado antes de su llegada usar libremente cuando quisieran, Elementos y Principios como términos equivalentes: y entender por los unos y por los otros aquellos cuerpos primitivos y