se les paga una cantidad determinada por cada pieza de la ropa confeccionada que cosen, o por cada parte de ella. Inmensas fábricas de este tipo existen en Inglaterra, y del testimonio rendido ante el «Comité de Explotación» (Sweating Committee) se desprende que las mujeres son horriblemente «explotadas» en tales talleres: el precio total de cada prenda ligeramente dañada se deduce de sus bajísimos salarios a destajo.
Y, finalmente, está el pequeño taller (a menudo con fuerza motriz alquilada) en el que un maestro emplea de tres a diez trabajadores, a quienes se les paga un salario, y vende sus productos a un empleador mayor o comerciante —existiendo todas las gradaciones posibles entre dicho taller y la pequeña fábrica en la que unos cuantos trabajadores a jornal (cinco, diez o veinte) son empleados por un productor independiente.
En los gremios textiles, el tejido se realiza a menudo ya sea por la familia o por un maestro que emplea a un solo muchacho, o a varios tejedores, y tras haber recibido el hilo de un gran empleador, paga a un obrero cualificado para que coloque el hilo en el telar, inventa lo necesario para tejer un patrón determinado, a veces muy complicado, y tras haber tejido la tela o las cintas en su propio telar o en un telar que él mismo alquila, se le paga por la pieza de tela según una escala salarial muy compleja acordada entre maestros y trabajadores.
Esta última forma, como veremos enseguida, está muy extendida hasta el día de hoy, especialmente en los oficios de la lana y la seda; sigue existiendo junto a las grandes fábricas en las que 50, 100 o 5000 trabajadores asalariados, según sea el caso, trabajan con la maquinaria de los empleadores y cobran por jornal un salario estipulado por día o por semana.
Las pequeñas industrias forman así todo un mundo129 que, por extraño que parezca, sigue existiendo incluso en los países más industrializados, codo