a codo con las grandes fábricas. En este mundo debemos penetrar ahora para echarle un vistazo: un vistazo únicamente, porque se necesitarían volúmenes enteros para describir su infinita variedad de ocupaciones y organizaciones, y su conexión indefinidamente variada tanto con la agricultura como con las demás industrias.
La mayor parte de los pequeños oficios, salvo algunos de los relacionados con la agricultura, se encuentran, debemos admitirlo, en una posición muy precaria. Sus ganancias son muy bajas y el empleo a menudo es incierto. La jornada laboral es dos, tres o cuatro horas más larga que en las fábricas bien organizadas y, en ciertas estaciones, alcanza una duración casi increíble. Las crisis son frecuentes y se prolongan durante años.
En conjunto, el trabajador está mucho más a merced del intermediario o del empleador, y el empleador a merced del mayorista. Ambos son propensos a quedar esclavizados por este último, contrayendo deudas con él. En algunos de los pequeños oficios, especialmente en la fabricación de textiles sencillos, los trabajadores viven en una miseria terrible.
Pero quienes pretenden que tal miseria es la norma están totalmente equivocados. Cualquiera que haya vivido entre, digamos, los relojeros de Suiza y conozca su vida familiar íntima, reconocerá que la condición de estos trabajadores era, en todo aspecto —material y moral—, incomparablemente superior a la de millones de obreros fabriles. Incluso durante una crisis en la industria relojera como la vivida entre 1876 y 1880, su situación era preferible a la de los obreros fabriles durante una crisis en la industria lanera o algodonera; y los propios trabajadores lo saben perfectamente.