naciones se compensan entre sí, y las ventajas que podrían derivarse de ellas serían sólo temporales. La fina mano de obra británica en las artes mecánicas, la audacia estadounidense para las empresas gigantescas, la mente sistemática francesa y la pedagogía alemana se están convirtiendo en capacidades internacionales. Sir William Armstrong, en sus factorías establecidas en Italia y Japón, ya ha comunicado a italianos y japoneses esas capacidades para manejar enormes masas de hierro que se han criado en el Tyne; el estridente espíritu de empresa estadounidense impregna el Viejo Mundo; el gusto francés por la armonía se convierte en gusto europeo; y la pedagogía alemana —mejorada, me atrevo a decir— se encuentra como en casa en Rusia. Así pues, en lugar de intentar mantener la vida en los viejos cauces, sería mejor ver cuáles son las nuevas condiciones, qué deberes imponen a nuestra generación.
Los caracteres de las nuevas condiciones son claros, y sus consecuencias son fáciles de comprender. A medida que las naciones manufactureras de Europa Occidental se encuentran con dificultades crecientes y constantes para vender sus productos manufacturados en el extranjero, y para obtener alimentos a cambio, se verán obligadas a cultivar sus propios alimentos en casa; estarán abocadas a depender de los clientes nacionales para sus manufacturas, y de los productores nacionales para sus alimentos. Y cuanto antes lo hagan, mejor.
Dos grandes objeciones se oponen, sin embargo, a la aceptación general de tales conclusiones. Se nos ha enseñado, tanto por parte de los economistas como de los políticos, que los territorios de los Estados de Europa Occidental están tan superpoblados de habitantes que no pueden producir todos los alimentos y materias primas necesarios para el mantenimiento de sus poblaciones en constante aumento. De ahí la necesidad de exportar productos manufacturados y de importar alimentos.