Más de 4.000 hombres y mujeres están empleados en este oficio, mientras que todo tipo de pequeños oficios auxiliares han crecido a su lado (boquillas de ámbar y cuerno, fundas, etc.). Incontables talleres pequeños se afanan también, a la orilla de los dos arroyos, en la fabricación de todo tipo de artículos de madera: cerillas, cuentas, estuches para gafas, pequeños objetos de cuerno y demás, por no hablar de una fábrica bastante grande (200 trabajadores) donde se fabrican medidas métricas para todo el mundo. Al mismo tiempo, miles de personas en Saint-Claude, en los pueblos vecinos y en las aldeas de montaña más pequeñas, se ocupan en tallar diamantes (una industria con apenas quince años de existencia en esta región), y otros miles se dedican a tallar diversas piedras menos preciosas. Todo esto se realiza en talleres bastante pequeños abastecidos por energía hidráulica.162
La extracción de hielo de algunos lagos y la recolección de corteza de roble para las tenerías completan el cuadro de estos bulliciosos pueblos, donde la industria da la mano a la agricultura, y las máquinas y aparatos modernos se ponen tan bien al servicio de los pequeños talleres.
Por otra parte, en Besançon, que era, en 1878, cuando la visité, un gran centro relojero, «en conjunto, aún no se ha cambiado nada en los hábitos de la clase obrera», escribía M. Dumazet en 1901. Los relojeros continuaban trabajando en sus casas o en pequeños talleres. 163
Solo que no existía una fabricación completa del reloj o del péndulo. Muchas piezas importantes —las ruedas, etc.— se importaban de Suiza o de diferentes ciudades de Francia. Y, como ocurre siempre, numerosos pequeños talleres secundarios para la fabricación de las cajas de los relojes, las agujas, etcétera, surgieron en ese vecindario.
Lo mismo hay que decir de Montbéliard, otro centro importante de la relojería.