disfrutaba del trato con hombres educados, y así desarrolló sus notables facultades de ingeniería; el hijo de una familia acomodada podía «holgazanear» en el taller de un carpintero de ribera —o de ruedas—, para llegar a ser más tarde un Smeaton o un Stephenson.
Hemos cambiado todo eso. Con el pretexto de la división del trabajo, hemos separado radicalmente al trabajador intelectual del trabajador manual. Las masas de obreros no reciben más educación científica que la que recibieron sus abuelos; pero se les ha privado de la educación del propio taller, mientras que a sus muchachos y muchachas se les empuja a una mina o a una fábrica desde los trece años, y allí pronto olvidan lo poco que hayan podido aprender en la escuela.
En cuanto a los hombres de ciencia, desprecian el trabajo manual. ¡Qué pocos de ellos serían capaces de fabricar un telescopio, o incluso un instrumento más sencillo! La mayoría no es capaz ni de diseñar un instrumento científico y, cuando han dado una vaga sugerencia al fabricante de instrumentos, dejan en manos de este la invención del aparato que necesitan.
Es más, han elevado el desprecio por el trabajo manual a la categoría de teoría.
«El hombre de ciencia —dicen— debe descubrir las leyes de la naturaleza, el ingeniero civil debe aplicarlas, y el trabajador debe ejecutar en acero o madera, en hierro o piedra, los modelos ideados por el ingeniero. Debe trabajar con máquinas inventadas para él, no por él. No importa que no las comprenda y no pueda mejorarlas: el hombre de ciencia y el ingeniero científico se encargarán del progreso de la ciencia y de la industria».
Se podrá objetar que, sin embargo, existe una clase de hombres que no pertenece a ninguna de las tres divisiones anteriores. De jóvenes han sido