Considerándolo todo, aunque el francés cría menos ganado, y sobre todo pasta menos ovejas que el británico, obtiene sin embargo de su suelo casi todo el alimento que él y su ganado consumen. Importa, en un año medio, tan solo una décima parte de lo que la nación consume, y exporta a este país cantidades considerables de productos alimenticios (por valor de 10.000.000 de libras), no solo del sur, sino también, y especialmente, de las costas del Canal (mantequilla y verduras de Bretaña; fruta y verduras de los suburbios de París, etcétera).49
El resultado neto es que, aunque un tercio del territorio también es tratado como «incultivable», el suelo de Francia produce el alimento para 170 habitantes por milla cuadrada (de un total de 188), es decir, para cuarenta personas más, por milla cuadrada, que este país.50
Así pues, resulta evidente que la comparación con Francia no es tan favorable a este país como se suele decir; y lo será aún menos cuando lleguemos, en nuestro próximo capítulo, a la horticultura.
La comparación con Bélgica es aún más llamativa —tanto más cuanto que los dos sistemas de cultura son similares en ambos países. Para empezar, en Bélgica encontramos también una cosecha media de más de treinta bushels de trigo por acre; pero la superficie destinada al trigo es cinco veces mayor que en Gran Bretaña, en relación con la superficie cultivable, y los cereales cubren dos quintas partes de la tierra disponible para el cultivo.51 La tierra está tan bien cultivada que las cosechas medias de los años 1890–1899 (presindiendo del año muy malo de 1891) fueron de veintiséis y medio a veintiocho y medio bushels por acre para el trigo de invierno, y alcanzaron una media de treinta y tres bushels y medio en 1900–1904; más de cincuenta y cuatro bushels para la avena (de treinta y cinco a cuarenta y uno y medio en Gran Bretaña), y de cuarenta a cuarenta y tres y medio bushels para la cebada de invierno (de