hecho es incluso el opuesto—, sino porque el capitalista que establece una fábrica se emancipa de los comerciantes mayoristas y minoristas de materias primas; y, sobre todo, porque se emancipa de los compradores de su producto y puede tratar directamente con el comprador al por mayor y el exportador; o bien concentra en una sola empresa las diferentes etapas de fabricación de un producto determinado. Las páginas que Schulze-Gäwernitz dedicó a la organización de la industria del algodón en Inglaterra, y a las dificultades con las que tuvieron que lidiar los propietarios de las hilanderías de algodón alemanas mientras dependieron de Liverpool para el algodón en bruto, son de lo más instructivas en este sentido. Y lo que caracteriza al comercio del algodón prevalece también en todas las demás industrias.
Si los cuchilleros de Sheffield que ahora trabajan en sus diminutos talleres, en uno de los edificios antes mencionados provistos de fuerza motriz, fueran incorporados a una gran fábrica, la principal ventaja que se realizaría en la fábrica no sería una economía en los costes de producción, en comparación con la calidad del producto; con una sociedad anónima, los costes tal vez incluso aumentarían.
Y, sin embargo, los beneficios (incluidos los salarios) probablemente serían mayores que las ganancias agregadas de los trabajadores, como consecuencia de la reducción de los costes de compra de hierro y carbón, y de las facilidades para la venta del producto. La gran empresa encontraría así sus ventajas no en factores tales como los impuestas por las necesidades técnicas del oficio en un momento dado, sino en factores que podrían eliminarse mediante una organización cooperativa.
Todas estas son nociones elementales entre los hombres prácticos.
Apenas es necesario añadir que una ventaja adicional que tiene el propietario de una fábrica es que puede encontrar salida incluso para los productos de la calidad más inferior, siempre que haya una cantidad considerable de ellos para vender.