trabajadores manuales, y algunos de ellos continúan siéndolo; pero, debido a algunas circunstancias afortunadas, han logrado adquirir ciertos conocimientos científicos y, de este modo, han combinado la ciencia con el trabajo artesanal. Ciertamente existen tales hombres; por fortuna hay un núcleo de personas que han escapado a la tan propugnada especialización del trabajo, y es precisamente a ellas a quienes la industria debe sus principales invenciones recientes. Pero en la vieja Europa, al menos, son la excepción; son los irregulares: los cosacos que han roto filas y atravesado las pantallas tan cuidadosamente erigidas entre las clases. Y son tan pocos, en comparación con las crecientes necesidades de la industria —y de la ciencia también, como estoy a punto de demostrar—, que en todo el mundo se oyen quejas sobre la escasez precisamente de esos hombres.
¿Cuál es el significado, en realidad, de la clama en favor de la educación técnica que se ha levantado al mismo tiempo en Inglaterra, en Francia, en Alemania, en los Estados Unidos y en Rusia, si no expresa un descontento general con la división actual entre científicos, ingenieros científicos y obreros? Escuchad a quienes conocen la industria, y veréis que el fondo de sus quejas es este: «El obrero cuya tarea ha sido especializada por la división permanente del trabajo ha perdido el interés intelectual por su labor, y así ocurre especialmente en las grandes industrias: ha perdido sus facultades inventivas. Antiguamente, inventaba muchísimo. Los trabajadores manuales —ni hombres de ciencia ni ingenieros formados— han inventado, o llevado a la perfección, los motores principales y toda esa masa de maquinaria que ha revolucionado la industria durante los últimos cien años. Pero desde que la gran fábrica ha sido entronizada, el obrero, deprimido por la monotonía de su trabajo, ya no inventa más. ¿Qué puede inventar un tejedor que se limita a supervisar cuatro telares, sin saber nada ni de sus