los trabajadores intelectuales y los trabajadores manuales, alcanzando así la concordancia de intereses y la armonía tan necesarias en nuestros tiempos de luchas sociales. No me detendré en la plenitud de vida que resultaría para cada individuo por separado, si pudiera disfrutar del uso tanto de sus facultades mentales como corporales; ni en las ventajas de elevar el trabajo manual al lugar de honor que debe ocupar en la sociedad, en lugar de ser un estigma de inferioridad, como lo es ahora. Tampoco insistiré en la desaparición de la miseria y la degradación actuales, con todas sus consecuencias —vicio, crimen, prisiones, precio de la sangre, delación y cosas por el estilo—, que inevitablemente se seguirían de ello. En resumen, no abordaré ahora la gran cuestión social, sobre la cual tanto se ha escrito y tanto queda aún por escribir. Mi única intención en estas páginas es señalar los beneficios que la propia ciencia obtendría de este cambio.
Algunos dirán, por supuesto, que reducir a los hombres de ciencia al rôle de trabajadores manuales significaría la decadencia de la ciencia y del genio. Pero aquellos que tengan en cuenta las siguientes consideraciones probablemente convendrán en que el resultado debiera ser el inverso —a saber, un tal renacimiento de la ciencia y el arte, y un tal progreso en la industria, que solo podemos vislumbrar tenuemente por lo que sabemos acerca de los tiempos del Renacimiento. Se ha convertido en un lugar común hablar con énfasis sobre el progreso de la ciencia durante el siglo diecinueve; y es evidente que nuestro siglo, si se compara con los siglos pasados, tiene mucho de qué enorgullecerse. Pero, si tenemos en cuenta que la mayoría de los problemas que nuestro siglo ya ha resuelto habían sido señalados, y sus soluciones previstas, hace cien años, debemos admitir que el progreso no fue tan rápido como cabría haber esperado, y que algo lo obstaculizó.