Y, quienquiera que fuese —científico o artista, físico o cirujano, químico o sociólogo, historiador o poeta—, saldría ganando si pasase una parte de su vida en el taller o la granja (el taller y la granja), si estuviese en contacto con la humanidad en su labor diaria, y tuviera la satisfacción de saber que él mismo cumple con sus deberes como un productor de riqueza no privilegiado.
¡Cuánto mejor comprenderían el historiador y el sociólogo a la humanidad si la conocieran, no solo a través de los libros, no solo por unos pocos de sus representantes, sino en su conjunto, en su vida cotidiana, en su trabajo diario y en sus asuntos diarios!
¡Cuánta más confianza depositaría la medicina en la higiene, y cuánta menos en las recetas, si los jóvenes médicos fueran los enfermeros de los enfermos y los enfermeros recibieran la educación de los médicos de nuestro tiempo!
¡Y cuánto ganaría el poeta en su sentimiento de las bellezas de la naturaleza, cuánto mejor conocería el corazón humano, si se encontrara con el sol naciente entre los labradores de la tierra, siendo él mismo un labrador; si luchara contra la tormenta con los marineros a bordo de un barco; si conociera la poesía del trabajo y del descanso, del dolor y de la alegría, de la lucha y de la conquista!
Greift nur hinein in’s volle Menschenleben! —dijo Goethe—; Ein jeder lebt’s — nicht vielen ist’s bekannt.
¡Pero qué pocos poetas siguen su consejo!
La llamada «división del trabajo» ha crecido bajo un sistema que condenaba a las masas a trabajar todo el día y toda la vida en la misma clase de labor fatigosas. Pero si tenemos en cuenta cuán pocos son los verdaderos productores de riqueza en nuestra sociedad actual, y cuán dilapidado es su trabajo,