En cuanto a las combinaciones en las aldeas, la cooperación y cosas por el estilo, nunca hay que olvidar cuán celosamente los gobiernos alemán, francés, ruso y austriaco han impedido hasta ahora que los trabajadores, y en especial los trabajadores rurales, formen cualquier tipo de combinación con fines económicos.
En Francia, los sindicatos campesinos solo fueron permitidos por la ley de 1884. Mantener al campesino en el nivel más bajo posible, mediante impuestos, servidumbre y cosas semejantes, ha sido, y sigue siendo, la política de la mayoría de los Estados continentales.
Fue recién en 1876 cuando se concedió cierta ampliación de los derechos de asociación en Alemania, e incluso ahora una simple asociación cooperativa para la venta de la obra de los artesanos es pronto catalogada como «asociación política» y sometida como tal a las limitaciones habituales, como la exclusión de las mujeres y otras similares.174
Un ejemplo sorprendente de esa política con respecto a una asociación rural fue dado por el prof. Isaíev, quien también mencionó las severas medidas adoptadas por los compradores al por mayor en el comercio de juguetes para impedir que los trabajadores entrasen en contacto directo con compradores extranjeros.
Cuando se examina con algo más que una atención superficial la vida de las pequeñas industrias y sus luchas por la existencia, se ve que, cuando perecen, perecen —no porque «pueda realizarse una economía utilizando un motor de cien caballos de fuerza en vez de cien pequeños motores» (este inconveniente nunca deja de mencionarse, aunque se evita fácilmente en Sheffield, París y muchos otros lugares alquilando talleres con fuerza motriz de poleas suministrada por una máquina central y, más aún, como observó con tanto acierto el prof. W. Unwin, mediante la transmisión eléctrica de potencia). No perecen porque pueda realizarse una economía sustancial en la producción fabril —en muchos más casos de los que se suele suponer, el