No le confié mis planes por completo al principio. Y los canacos también se habían percatado de algo. Estaban muertos de miedo con solo verme. Logré ganarme a Montgomery —de cierto modo—; pero él y yo tuvimos muchísimo trabajo para evitar que los canacos nos abandonaran. Al final lo hicieron; y así perdimos el yate. Pasé muchos días educando a la bestia; en total lo tuve durante tres o cuatro meses. Le enseñé los rudimentos del inglés; le di nociones de recuento; incluso hice que la criatura leyera el alfabeto. Pero en eso era lento, aunque he conocido idiotas más lentos. Comenzó con una hoja en blanco en lo mental; no le quedaban en la mente recuerdos de lo que había sido. Cuando sus cicatrices sanaron por completo, y ya no era más que dolor y rigidez, y era capaz de conversar un poco, me lo llevé allá y se lo presenté a los canacos como a un polizón interesante.
“Al principio le temían horriblemente, no sé por qué—lo cual me ofendía bastante, pues yo estaba muy orgulloso de él; pero sus modales parecían tan apacibles y era tan abyecto, que al cabo de