habitación de nuevo. Todo el tiempo había estado en un estado de irritación mal disimulada por el ruido del puma viviseccionado. Había hablado de su extraña falta de nervios, dejándome a mí la obvia deducción.
Llegué a darme cuenta de que los gritos eran singularmente irritantes, y aumentaban en profundidad e intensidad a medida que avanzaba la tarde. Al principio eran dolorosos, pero su incesante reaparición terminó por sacarme de quicio por completo. Aparté de un golpe un acordeón de Horacio que había estado leyendo y comencé a apretar los puños, a morderme los labios y a pasear de un lado a otro de la habitación. Al poco rato acabé por taparme los oídos con los dedos.
El atractivo emocional de aquellos gritos creció en mí de manera constante, hasta convertirse por fin en una expresión de sufrimiento tan exquisita que ya no pude soportarlo más en aquella habitación reducida. Salí por la puerta hacia el calor soporífero del atardecer y, pasando junto a la entrada principal —cerrada con llave de nuevo, me fijé—, doblé la esquina del muro.
El llanto sonaba aún más fuerte al aire libre. Era como si todo el dolor del mundo hubiera encontrado una voz.
Sin embargo, de haber sabido que semejante dolor estaba en la habitación contigua, y de haber enmudecido, creo —he pensado desde entonces— que lo habría soportado bastante bien. Es cuando el sufrimiento encuentra una voz y hace vibrar nuestros nervios que esta compasión viene a turbarnos.
Pero a pesar del sol brillante y los abanicos verdes de los árboles agitándose en la brisa marina y reconfortante, el mundo era una confusión, difuminada con fantasmas negros y rojos a la deriva, hasta que estuve fuera del alcance de los oídos de la casa de la tapia ajedrezada.