como si fuera un niño pequeño. Caí cuan largo era sobre el suelo, y la puerta se dio un portazo, ocultando la apasionada intensidad de su rostro. Ocurrido esto, oí girar la llave en la cerradura y la voz de Montgomery en actitud de protesta.
—Arruinar la obra de toda una vida —le oí decir a Moreau.
“Él no comprende”, dijo Montgomery, y otras cosas que resultaron inaudibles.
—Todavía no puedo desperdiciar el tiempo —dijo Moreau.
El resto no lo oí. Me incorporé y me quedé de pie, temblando, con la mente convertida en un caos de los más horribles presentimientos. ¿Sería posible, pensé, que aquí se llevara a cabo algo tan monstruoso como la vivisección de hombres? La pregunta cruzó como un relámpago un cielo tumultuoso; y de repente el horror nublado de mi mente se condensó en una vívida toma de conciencia de mi propio peligro.