De esto me desperté, al cabo de no sé cuánto tiempo, por un susurro entre la frondosidad al otro lado del arroyo.
Durante un momento no pude ver nada más que las cimas oscilantes de los helechos y los juncos. Entonces, de repente, en la orilla del arroyo apareció algo; al principio no pude distinguir qué era. Inclinó su cabeza redonda hacia el agua y comenzó a beber.
Luego vi que era un hombre, que iba a cuatro patas como una bestia. Vestía un paño de color azulado, era de tez cobriza y tenía el cabello negro. Parecía que la fealdad grotesca era un rasgo invariable de estos isleños. Pude oír el chasquido del agua en sus labios mientras bebía.
Me incliné hacia delante para verlo mejor, y un trozo de lava, desprendido por mi mano, fue cayendo a golpecitos ladera abajo.
Él levantó la vista con culpa y sus ojos se cruzaron con los míos. De inmediato se puso en pie a tropezones y se quedó allí, limpiándose la mano torpe en la boca y mirándome. Sus piernas apenas medían la mitad de su cuerpo.
Así, desafiándonos con la mirada, nos quedamos tal vez durante el espacio de un minuto. Luego, deteniéndose a mirar atrás una o dos veces, se escurrió entre los arbustos a mi derecha, y oí cómo el rumor de las frondas se iba debilitando en la distancia hasta apagarse.
Mucho después de que hubiera desaparecido, me quedé sentado mirando fijamente en dirección a su retirada. Mi soñolienta tranquilidad había desaparecido.
Me sobresaltó un ruido a mi espalda, y al girarme de repente vi la blanca y peluda cola de un conejo que desaparecía pendiente arriba. Me puse de pie de un salto. La aparición de aquella criatura grotesca y semibestial había poblado de repente la quietud de la tarde para mí.