—¿No puedo acercarme a ti? —dijo.
—No; vete —insistí—, y chasqué el látigo. Luego, poniéndome el látigo entre los dientes, me agaché en busca de una piedra y, con esa amenaza, ahuyenté a la criatura.
Así, en la soledad, di la vuelta por el barranco de la gente bestia, y escondiéndome entre las malas hierbas y los juncos que separaban este desfiladero del mar, observué a los que se dejaron ver, tratando de juzgar por sus gestos y apariencia cómo les había afectado la muerte de Moreau y Montgomery y la destrucción de la casa del dolor.
Ahora conozco la necedad de mi cobardía. De haber mantenido mi valor a la altura del alba, de no haber permitido que se desvaneciera en el pensamiento solitario, habría podido aferrar el cetro vacante de Moreau y gobernar sobre la gente bestia. Tal como fue, perdí la oportunidad y descendí a la posición de un mero igual entre los míos.
Hacia el mediodía, algunos de ellos vinieron y se acurrucaron para tomar el sol en la arena caliente. Las imperiosas voces del hambre y de la sed prevalecieron sobre mi temor.
Salí de los matorrales y, revólver en mano, bajé hacia aquellas figuras sentadas. Una, una mujer-lobo, giró la cabeza y me miró fijamente, y luego lo hicieron los demás. Ninguno intentó levantarse ni saludarme. Me sentía demasiado débil y fatigado para insistir, y dejé pasar el momento.
«Quiero comida», dije, casi disculpándome, y acercándome.
—Hay comida en las chozas —dijo un hombre toro-jabalí, con modorra y apartando la mirada de mí.
Los pasé y bajé a la sombra y a los olores del barranco casi desierto.