Intentó encontrar mi mirada.
« ¡No! », dijo de repente, y dándose la vuelta se alejado de mí a grandes brincos a través de la maleza.
Luego volvió a mirarme fijamente. Sus ojos brillaban con intensidad en la penumbra bajo los árboles.
Se me encogió el corazón; pero sentí que mi única oportunidad era farolear, y caminé con paso firme hacia él. Él se volvió de nuevo y se desvaneció en la penumbra. Una vez más creí captar el destello de sus ojos, y eso fue todo.
Por primera vez me di cuenta de cómo lo avanzado de la hora podía afectarme. El sol se había puesto hacía unos minutos, el rápido crepúsculo de los trópicos ya se iba desvaneciendo del cielo oriental, y una polilla pionera revoloteaba silenciosamente junto a mi cabeza.
A menos que quisiera pasar la noche entre los peligros desconocidos del misterioso bosque, debía apresurarme a regresar al recinto. La idea de volver a ese refugio atormentado por el dolor era sumamente desagradable, pero aún lo era más la idea de que la oscuridad y todo lo que la oscuridad pudiera ocultar me sorprendieran a la intemperie.
Le eché una mirada más a las sombras azules que se habían tragado a aquella extraña criatura, y luego desanduve el camino cuesta abajo hacia el arroyo, yendo, según juzgaba, en dirección de donde había venido.
Caminaba con impaciencia, con la mente confundida por muchas cosas, y al poco rato me encontré en un terreno llano entre árboles dispersos. La claridad incolora que sigue al fulgor del atardecer se iba oscureciendo; el cielo azul de arriba se hacía por momentos más profundo, y las pequeñas estrellas atravesaban una a una la luz tenue; los espacios entre los árboles, los huecos en la vegetación más lejana, que habían sido de un azul brumoso a la luz del día, se volvieron negros y misteriosos.